Un mundo sin fin by Ken Follett

Un mundo sin fin by Ken Follett

autor:Ken Follett [Follett, Ken]
La lengua: spa
Format: epub, mobi
Tags: Novela, Aventuras
editor: ePubLibre
publicado: 2007-12-15T05:00:00+00:00


44

l prior Godwyn, como miembro del tribunal eclesiástico, juzgó a Gilbert de Hereford, lo declaró culpable y lo condenó a la pena impuesta a los ladrones de iglesias: desollamiento en vida. Le arrancarían la piel a tiras, mientras permaneciera en estado consciente, y moriría desangrado.

El día del desollamiento, Godwyn celebró su encuentro semanal con la madre Cecilia. Sus correspondientes subalternos también asistieron: el suprior Philemon y la supriora Natalie.

—Debemos convencerlas para que construyan un nuevo tesoro. No podemos seguir guardando nuestros objetos de valor en una caja oculta en la biblioteca —dijo Godwyn a Philemon mientras esperaban en la cámara principal de la casa del prior la llegada de las monjas.

—¿Compartiríamos los gastos de la construcción? —preguntó Philemon con gravedad.

—Así debería ser. No podemos permitirnos costearla en su totalidad.

Godwyn recordó con pesar las ambiciones que otrora había tenido, siendo joven, de llevar a cabo una reforma económica en el monasterio y volver a enriquecerlo. Sin embargo, nada de eso había ocurrido y él seguía sin entender el porqué. Había actuado con mano de hierro al obligar a los ciudadanos al uso y al pago por el usufructo de los molinos del priorato, los estanques para la pesca y las conejeras pero, por lo visto, los habitantes de la ciudad habían encontrado formas alternativas para eludir sus normas, como la construcción de molinos en las aldeas vecinas. Godwyn había impuesto duras sentencias a hombres y mujeres descubiertos en plena cacería furtiva o talando árboles de los bosques del priorato en contravención de la ley. Además se había resistido a las lisonjas de quienes le habían tentado para que invirtiera el dinero del priorato en la construcción de molinos, o que malgastara su provisión de madera al autorizar su consumo a carboneros y fundidores de hierro. Tenía la certeza de que su planteamiento era el acertado, aunque éste todavía no había reportado el aumento de las ganancias que él creía merecer.

—Entonces, ¿le pedirás a Cecilia el dinero? —preguntó Philemon con seriedad—. Guardar nuestras riquezas en el mismo lugar que las de las monjas podría ser beneficioso para nosotros.

Godwyn intuyó las maliciosas maquinaciones que tramaba la mente de Philemon.

—Pero eso no será lo que le diremos a Cecilia.

—Por supuesto que no.

—Está bien, yo se lo propondré.

—Mientras esperamos…

—¿Sí?

—Hay un problema en la aldea de Long Ham del que debo informarte.

Godwyn asintió en silencio. Long Ham era una de las decenas de aldeas que pagaban homenajes y arrendamientos feudales al priorato.

—Es un asunto relacionado con las tierras propiedad de una viuda, Mary-Lynn. Al fallecer su esposo, ella accedió a entregar su terreno en usufructo a un granjero del vecindario, un hombre llamado John Nott. Ahora, la viuda ha contraído matrimonio en segundas nupcias y desea que las tierras le sean devueltas para que su marido pueda cultivarlas —explicó Philemon.

Godwyn estaba confundido. Era la típica escaramuza entre campesinos, demasiado trivial para requerir de su intervención.

—¿Qué dice el alguacil?

—Que las tierras deben regresar a manos de la viuda, pues el acuerdo era de carácter temporal desde un principio.



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